martes, 16 de mayo de 2017

Charlotte III

Dejó de saltar en los charcos para jugar a ser otra niña. Dejó de perseguir pisadas porque quería trazar su camino. Dejó de mirar al cielo porque las nubes lo ocultaban demasiado. Trató de perder la ingenuidad porque no quería ser débil.

Y se equivocó durante mucho tiempo. 

Ahora salta sobre los charcos y se moja los pies. Y su nariz siempre tiene frío. Ahora persigue pisadas porque se ha dado cuenta de que el camino no lo traza ni ella ni nadie. Y mira el cielo cada día y admite que no le gustan las nubes grises y que prefiere la luz. 

Y la ingenuidad...



Charlotte recoge su abrigo rojo. Echa a andar. 

No proyecta sombra. 

miércoles, 19 de abril de 2017

V(ida).

Una tarde fría en la que sólo quieres mirar al interior de la bufanda y encogerte más y mas dentro del abrigo lo ves. Parece que, agotado de perseguir mariposas de aquí para allá haya decidido simplemente tumbarse en la escasa y descuidada hierba del jardín de unas oficinas sin nombre, identidad ni sentido. Te paras a observarlo y caes en lo evidente. El animalito no se mueve acompasado por su respiración. No reacciona a que te acerques. Lamentas por lo bajo y sigues andando, y cuando te pones a pensar que vas a tener que pasa por ahí cada día lamentas más aún.
Día a día lo sigues viendo allí, en medio de la nada, como si estuviese sumido en un plácido sueño. Poco a poco vas viendo que la carne bajo su piel y su pelo va mermando, y va perdiendo ese aspecto de cachorro apacible. Maldices de nuevo a los amos de aquel terreno, y piensas que si no ha sido invisible a tus ojos tampoco lo habrá sido a los suyos, malditos capullos. Quiten de en medio a la pobre criatura.
A partir de ese día decides desviar la vista de ese lugar al pasar por allí, y automatizas es acto en poco tiempo.
Un día de los que el termómetro empieza a aflojar y el verde se ve más verde, tus ojos se desvían a una zona mucho más verde del terreno. Con hierba más alta y más bonita, y de la que incluso empiezan a salir flores. Te paras. Y sonríes.
Y piensas que de haber quitado esos capullos ese cuerpecito de ahí, se estaría pudriendo en cualquier contenedor. Que por su despiste hay una zona de su dejado jardín con mucha más vida que el resto. Que la vida no se destruye, se transforma.
Y qué coño, juro que prefiero un árbol creciendo grande y fuerte de mis entrañas a mil extraños besando una lápida.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Autorretrato.

No sé si me quiero, pero he aprendido a querer.

Las nubes negras son entorno conocido aquí dentro y sobran fuera, y necesito el sol para que me temple la sangre que me falta. Cuando lloro lo hago hacia adentro, pero anego fuera. Muchos me han visto llorar, pero casi nadie chillar de alegría. No sé mentir por donde veo y sólo miro a los ojos cuando confío. Los labios son el objetivo de mi mirada cuando no quiero hablar contigo.

Me duelen las uñas cuando ansío escapar, y se me enrojece la piel de los brazos si quiero gritar hacia adentro. La noche es una gran amiga que me aterra, que saca la maga en mí  pero me hace creer en la magia oscura.

Cuando no sé vivir cierro los ojos y le imagino sonreír. Cuando quiero aprender a vivir le cojo de la mano.

De Calvin y Hobbes me quedo con Calvin y soy Hobbes. Mi Calvin habita al otro lado de la pared y son los ojos que me sonríen cuando el resto no sabe hacerlo. Me encanta observar las historias ajenas y odio ser el punto de mira. El café huele a casa y a invierno, y me lavo las manos con él cuando friego la cafetera para empaparme del calor del hogar. Cuando apenas sabía qué era, le escribí una carta a la Nada y cantaba canciones que hablaban de una mañana de una película de Boggart. Nunca vi la felicidad como un objetivo alcanzable.

Crecí a la sombra y eso me hizo húmeda.
Crecí a la sombra y permanecí oculta.
Crecí a la sombra y por eso soy verde y estoy llena de vida.

Me gusta vestir de negro pero creo que por dentro soy de colores. Lo que más me gusta de mi es quién está conmigo. Me gustan los viajes porque de pequeña los odiaba. Odio el amarillo porque de pequeña me encantaba. Me escondo donde no se ocultan las cosas, porque es donde nadie mira. A veces soy invisible por elección.

Sólo las manos de mi madre me pueden quitar de encima lo que el mundo carga en mis hombros. Los ojos de mi padre sonríen más de lo que yo podré sonreír nunca.

Tengo un miedo atroz. Todo el rato. Y por eso creo que aunque sea Hufflepuff, soy valiente.

No sé si me quiero, pero lo intento.

domingo, 2 de octubre de 2016

El roce de las sábanas contra el movimiento de mis inquietos pies, la luz dorada del atardecer colándose por los minúsculos agujeros de la persiana y dibujando estrellas en la habitación, diálogos de una serie a la que no le presto mucha atención como música de fondo, el olor a campo, a sol, y a retales de un verano que no quiere irse del todo.

Un milagro tras otro en la habitación, y yo sólo puedo concentrarme en el ritmo de tu respiración en mi nuca.

Eres mi milagro favorito. Eres inefable.

domingo, 26 de junio de 2016

.

Estúpida. Deja de aletear perdida y planea al son de la brisa que sabes que siempre te acompañó. Deja de engrandecer la sombra que te esconde y crece para ser tan grande como el que la proyecta. Déjate de niñatadas y de traumas de cría tonta y demuestra que tus ruinas son dignas del palacio de cristal. Aprovecha la luz, tú que acostumbrabas a anhelarla desde la oscuridad.

Despierta, estúpida.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Amanecer.

Todo es tinieblas. Todo son sombras. Siluetas, rostros sin rostro y voces en off. La quietud que odio y el caos que habito. El mundo que despierta cuando la vida duerme golpea sin titubear ante el menor atisbo de posibilidades. Y cuando todo se torna negro de repente dan miedo los colores, las sonrisas y la monotonía del día a día. Sin explicación. Sin tregua posible. No hay manera de escapar de algo inherente a ti mismo. No hay manera de huir de los gritos que vienen de dentro. No hay calma posible cuando la tempestad es el silencio. No existe el descanso al cerrar el telón.

Abro los ojos. Busco a mi alrededor. Una voz me sonríe.

- Buenos días. 

Estoy a salvo.

miércoles, 30 de marzo de 2016

La sonrisa del infeliz.

Es más sonrisa que cara, pero cuando se pone seria se le humedecen los ojos. Camina dando saltitos y  cuando habla le aletean las manos ansiando volar. Cuenta su mierda. "Todo el mundo tiene lo suyo". Pero vaya con su mierda. "He rozado la locura. La he tocado con los dedos. Estuve a punto de perderme, pero siempre quise luchar". Apenas sabe nada de mi. No ha hecho falta. Dice que he sufrido, que eso se nota. Que entre nosotros sabemos reconocernos. Dice que soy fuerte. Que me lo vio en la cara. Dice que se ve reflejada en mi y que ahora nos toca. Dice que la felicidad se consigue persiguiendo la felicidad. Yo creo que se refiere a la Utopía que describía Galeano. Pero quizás sí que sea el camino el que ella describe. Quizás la solución sea decir adiós a los monstruos. Dejar de temer la soledad y el abandono. Creer como ella que "si hemos pasado por esto, podemos pasar por cualquier cosa. Ya nada puede con nosotras".

Yo también rocé la locura con los dedos. Aún sigo acariciándola de cuando en cuando. Y me da miedo que mi mierda salpique, que mi mierda aleje y que el "eres normal" que me dijeron un día sea tan sólo un espejismo. Y me meto las llaves entre los dedos cuando voy sola. Y me alejo de las ideas de una estabilidad que jamás he sentido. Y tengo el concepto 'Efímero' tatuado a hielo, porque el fuego quema y las cenizas duelen. Y una goma de borrar sólo para aquello que no me atrevo a decir por el miedo al futuro. Y a veces tengo la sensación de que mi pecho suena hueco. De que me sangran las uñas de clavarse en la piel, pero la piel ha perdido la facultad de sangrar. Y temo, y grito, y lloro.

Y sano. Lento, pero sano. Tengo dos pilares que traspasan el cielo y un niño rubio que pierde los ojos cuando sonríe. Tengo manos que me levantan y oídos que me escuchan.

Y tengo un sanador. Un curandero de caricias.




Hoy he estado con un ángel. Dice que somos supervivientes.