martes, 5 de noviembre de 2013

F.

Todo comenzó cuando me pidió un beso. En terreno desconocido, entre abrazos sin intención y miradas con más significado del que ambos podíamos percibir. Pájaros en el estómago, mariposas en la cabeza. Y mis dos mitades se dieron la mano por un momento para desobedecer la advertencia, y caí.

Porque con cada palabra desabrochaba un botón de esa camisa de fuerza que siempre coartó mi libertad, y de la que el hábito había hecho mi hogar. Y con cada caricia suya olvidaba lo aprendido hasta el momento y me adentraba más en el abismo del no saber. Y el vértigo se convirtió en mi mejor amigo, en un sentimiento agridulce.

"Dame un beso. Sólo uno."

Todo comenzó cuando me pidió un beso. Sólo uno. Porque el resto no tuvo que pedirlos.

martes, 29 de octubre de 2013

E.

Y me veo tan reflejada en ella, tan pequeñita, tan bonita, tan dulce, tan buena. Y tan rota. Y sé que son cosas que pasan, que lo superará tarde o temprano, que no va a estar sola, porque me niego a que eso pase. Porque ninguna de las dos estará nunca sola mientras esté la otra, y ambas lo sabemos.

Y recuerdo que yo en cambio, te tengo a ti. Y pienso en el futuro y en lo que puede pasar. Y en que quizás un día la situación sea la opuesta. Y entonces me vengo abajo y me da tanto miedo todo que en momentos de irracionalidad pienso que es mejor no iniciar nada para así no tener que terminarlo nunca.

Porque el que no arriesga no gana. Pero tampoco pierde.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Charlotte. [II]

La fina lluvía caía plomiza sobre el agrietado asfalto de aquella ancha calle sin aceras, volviendo aún mas gris el día. El mundo parecía una extraña tragicomedia en blanco y negro. No podía evitar pensar en que todo lo que me había llevado hasta ese momento no era más que una conjunción de los astros para torturarme. Se habían llevado mi luz para siempre, mi meta y mis ansias de vivir. Sólo una pequeña cosa me mantenía en esa extraña, inerte y monótona rutina, sólo algo muy pequeño y a la vez enorme conseguía darle un mínimo tono al descolorido de mis rotos. Probablemente si no hubiera sentido el calor que desprendía su mano, el vaho saliendo de su boca en cada suspiro y sus rizos ondeando bajo la capucha a cada paso, me habría pegado un tiro allí mismo. Así el asfalto no sería tan gris.

Charlotte saltó sobre un charco y el agua chapoteó hasta su abriguito rojo. Rió sonoramente. Al alzar la cara para mirarme sus ojos oscuros brillaban con la alegría de los cinco años y la despreocupación de la infancia. Hacía ya rato que se le había caído la capucha, y los húmedos rizos enmarcaban sus perfectos rasgos. No pude menos que sonreír.

Había dejado de llover. Un tímido sol asomaba entre nubes grises y blancas, dañando a la vista. El asfalto comenzó a secarse y los charcos a hacerse más atractivos para la pequeña. Seguimos caminando en silencio, pensativa yo e incontrolable ella, hasta que se hartó de empaparse. Miró hacia adelante. Un señor de unos cincuenta años con una gabardina oscura y sombrero calado hasta las orejas avanzaba delante de nosotras, arrastrando los pies, la cabeza baja, los hombros caídos. No tenía pinta de ser muy feliz. Sentí empatía hacia él. Charlotte lo miró largo rato, curiosa, sin parar de caminar.

- Ese señor parece cansado.
- Yo diría que está un poco triste, Charlotte.
- Sí. ¿Y sabes por qué? A ese señor se le caen las pisadas, mamá.

Charlotte señaló con el dedo el asfalto seco, tan sólo oscurecido por las huellas de las toscas botas del caminante que, ajeno a nosotras, vagaba hacia sus interiores olvidando la historia de sus pisadas.

domingo, 29 de septiembre de 2013

sábado, 28 de septiembre de 2013

#

Me gustan las cosas imperfectas. Odio la perfección del mismo modo en que odio el intento de ésta misma. 

Me gustan los días feos, las noches largas. Las croquetas amorfas, el pelo enmarañado, las uñas mal pintadas y las zapatillas sucias. Las camas deshechas. La habitación desordenada. Moratones y lunares adornando pieles imperfectas. Me gustan los ojos cuando lloran. La hierba sin cortar. El chucho sin raza. Me gustan las sonrisas de medio lado, los pozos sin agua, los te quieros entre susurros y las voces quebradas.

Me gustan las cosas imperfectas. Por eso me enamoré de la vida.

martes, 6 de agosto de 2013

A la deriva.

Caigo.

Entre nubes. Nubes negras de ansiedad, de necesidad y de dolor. Caída libre, distancia infinita. No hay modo de parar, no hay manera de ascender, sólo puedes gritar hasta quedarte sin aliento, hasta que tus pulmones estén vacíos, para luego volver a coger aire. Y seguir gritando. La caída es larga, la caída es eterna. Dicen que la mente se queda en blanco cuando caes, mas es mentira. Son tantos los pensamientos que colapsan tu cerebro que ya no sabes si gritas por la adrenalina y el miedo a la colisión o para expulsarlos todos de una vez por todas. Todo es caos, viento en el rostro congestionado de sufrimiento, visiones fugaces de lo que pasa a tu alrededor, ruido silencioso de la nada.

Y en medio del caos, escuché una voz: "Tienes que dejarme ser tu paracaídas."

No hay modo de parar, no hay manera de ascender. Pero puedes amortiguarlo. Puedes aletargarlo. Puedes hacer que el basto caer mute a leve vaivén. Puedes disminuir el sufrimiento.

"Tienes que dejarme ser tu paracaídas."


[...]


Lo que entonces yo no sabía es que los paracaídas van a merced del viento.

sábado, 3 de agosto de 2013

Crudo.

El absurdo fantasma del pasado que siempre me torturó en sueños ahora no es más que un fantasma decrépito que vaga sin honor, buscando un hueco en mi mente como despojo.